Miro mi lista de contactos en el móvil y no tengo ni una sóla persona en esta mierda de ciudad a la que pueda llamar. Mi pareja ha salido de fiesta como todos los fines de semana con sus amigos. Me consta que tontea con unas y otras y lo peor es que ya no me importa.

No sé cuánto tiempo hace que no me importa y creo que hasta prefiero que se vaya. Me aburro con él. Me molesta que me abrace, no tengo ningunas ganas de besarle y cuando hacemos el amor sólo quiero que termine para poder darme la vuelta y dormir.

Él no lo entiende, ya lo hemos hablado muchas veces pero no lo entiende o no quiere entenderlo. Hace dos años lo dejé todo en Madrid para vivir con él un amor intenso, con una base sólida de sinceridad y confianza. Él se empeña en ser un eterno adolescente; vive en casa como si fuera una pensión, comparte conmigo los malos rollos del trabajo y toda la mierda del día a día pero su ocio, sus ratos de diversión no son para mí. Nunca. Son para el resto del mundo.

Me siento completamente sola. Creo que le he apartado de mi lado; me siento frustrada y derrotada porque le he querido tanto como para desear con todas mis fuerzas un hogar y un bebé. Pero en el mundo de la eterna adolescencia eso es demasiado. Nada de ataduras.

Es sábado y a mi también me gustaría salir a tomar una copa pero no tengo con quien.

Me voy a la cama. Espero dormirme pronto.

Elena