Bendito tú que me aplacas los nervios y me calmas estos ataques de ansiedad y llanto.

Odio los fármacos y más los antidepresivos pero a tí te tengo cierto cariño ya. Me dejas apática, metida en una especie de nube, sin ganas de hacerme más daño. Me permites dormir aunque sea un par de horas y descansar del ruido de mis pensamientos.

Bendito eres, alprazolam, que me proporcionas una falsa calma, aunque calma, al fin y al cabo.